A mediados del siglo pasado, por ahí entre los cincuenta y los sesenta, nuestros padres emigraron de la penuria del campo a la ciudad, en busca de oportunidades laborales, y desde luego económicas. De ingresos bajos, pasaron a formar parte de un naciente sector de la población: los asalariados. Ya asentados, tiempo después, y con un ingreso fijo, como obreros o empleados, contaron además con prestaciones sociales como salud y vivienda, un IMSS en expansión y un Infonavit en pleno surgimiento. Pero en tan sólo unas décadas el llamado “Milagro mexicano” llegaría a su fin.
El sueño había terminado, y el despertar fue abrupto. Sin embargo nuestros progenitores lograron aferrarse a los logros alcanzados: algún departamento de interés social o crédito para vivienda, en las hoy sobre pobladas unidades habitacionales; trabajo seguro; un salario moderado; y eso sí, hartos hijos, con una tasa de crecimiento del 3% anual entre 1940-1980. Y como era de esperarse, nuestros padres creyeron de manera ferviente que la educación era el camino al paraíso social: económico y de status. Digo, inculcarle a la población durante décadas, la creencia de que todos los priistas, del chalan hasta el diputado, eran licenciados no fue algo fortuito. Ese era el camino, y ni modo, que los chamacos se quemen las pestañas, que aquí esta uno para sustentarlos y comprarles sus libros. Y ahí tienen enviando a los chavales a instruirse a las prepas, vocacionales, CCHs, o ya de perdis un Cetis, el chiste era obtener la visa para la tierra prometida: las universidades. Y uno pues, inocente en este rollo, pues hasta creyó que estábamos a punto de alcanzar el anhelado sueño mexicano, el ser parte del selecto grupo de los profesionistas. Aunque hoy en día, haciendo un concienzudo y sincero examen de conciencia, no era nuestro sueño o idealización, sino el de nuestros progenitores.
Entonces la cosa se puso dura. Crisis tras crisis, económicas y morales, fueron deteriorando el de por si maltrecho mercado laboral, que se saturó en tan sólo unos años. Miles de profesionistas fueron engrosando las filas del desempleo, el subempleo o el autoempleo. Y en el peor de los casos, fueron presas de los bajos salarios, o de los contratos que imposibilitan la antigüedad laboral, las prestaciones sociales, y que además los mantienen con la incertidumbre, de caer nuevamente en las fauces de la desocupación laboral. Pero ahí no acaba la cosa. Un viejo problema social, vino a ensombrecer casi todas nuestras actividades diarias: el narcotráfico.
Y es que no sólo se trata de un problema de seguridad social o de salud, que ya de por si no era muy segura ni muy sana; o de los miles de muertos que se han sumado hasta el día de hoy, por ahí pasando los treinta mil; o del éxodo de pueblos fronterizos, por la lucha del territorio; o de los miles de huérfanos que han generado estas masacres; y ya ni digamos la psicosis y la paranoia social que se ha creado a raíz de las ejecuciones extremadamente sanguinarias, para amedrentar a las bandas rivales, digo uno espera salir de casa y no encontrar a la puerta una cabeza, una pierna o algo así. Hablamos, tristemente, de la instauración de todo un estilo de vida, a través de videos, fotos, música, blogs, o libros, de la industria más prolífica de nuestro país: la cultura del narco.
Un nuevo sueño se empieza a gestar en miles de niños, jóvenes, y adultos, no sólo expuestos a la miseria, bajos salarios, desempleo, o la desesperación, sin ningún chance a lo mejor de hacerla en otros menesteres. Sino por el contrario, habló de aquellos sectores de nuestra compleja clase media. Quienes fascinados por los lujos y excesos -camionetas, dinero, casas, mujeres, joyas, tecnología, harto poder-, miran con admiración y envidia el mundo del narco. Bajo la salvaguarda de que es preferible vivir así unos años, y blandir todo a sus pies, que sobrevivir al día, con unos cuantos pesos.
Esto nos deja un panorama desolador, dejó de ser una idealización, un sueño para volcarse como una posibilidad real. Largas filas de niños, jóvenes y adultos, van alineándose al narco, en busca de aquella oportunidad, que pueda darle ese vuelco a su vida, y que en muchas ocasiones, no sólo se trata del dinero o del poder, en toda la extensión de la palabra, sino también en la búsqueda de algo parecido al status -no hay nada más respetable que una decena de sujetos, con rifles M1 apuntándote a la cabeza-. El narcotráfico también les brinda un status social, una rara mezcla entre respeto y miedo por parte de muchas esferas sociales. Así que no esperemos el final de esta supuesta lucha contra los cárteles de la droga, en los próximos años, o sexenios. La idealización de ser sicario, capo, o el jefe de jefes, forma parte ya, del imaginario social de las últimas dos generaciones, y que como todas las anteriores tienen aspiraciones, sueños. Y sin temor a exagerar, el narcotráfico ha pasado a formar parte de nuestro bagaje cultural.
Luis Martínez Vázquez.
Luis Martínez Vázquez.